cuatro días después la ciudad anochecía más serena, algo más conocida, mucho más entrañable... apenas algunos rasguños en el cuerpo y el corazón ajado por la dulce derrota que me había condenado a noches de cama y ojos abiertos pensando en ella. cómo no. sólo habían pasado cuatro días y para mí habían sido todo un mundo.
salí de casa por primera vez tras su partida. la luz de un sol moribundo apenas reflejaba en los canales la historia de una ciudad con nombre pero sin ley. altos señores de abrigo estrecho y sombrero ancho deambulaban, conversando de temas intrascendentes, en busca de señoritas de vida alegre. mientras tanto, yo los observaba instalado al otro lado de un gran ventanal amarillento por los años y los pocos lavados. en un bar cualquiera, de esos que nadie ve pero que siempre están.
ella que no salía de mi mente. aunque en realidad, no lo entendía demasiado. siempre me había creído un hombre rudo, fuerte... alguien... cómo decirlo, con más cabeza que corazón. en fin... debí pensarlo mejor. decidí no volver a prestarle atención, ya no importaba... no importaba, me repetía. así que saqué el cuaderno que siempre llevaba conmigo y lo coloqué junto a la cerveza caliente que el camarero había traído a mi mesa.
lo mejor sería empezar por algo sencillo. sí, algo que no tuviera demasiada historia. por eso intenté esbozar algún retrato anónimo, alguna cara desconocida de las que pasaban por delante del cristal, no tendría que ser difícil, lo había hecho tantas veces que casi podía escribir un tratado para hacer retratos. pero en aquella ocasión era imposible. ni siquiera era capaz de sostener el lapicero entre mis dedos, apenas había trazado unas líneas, se me nublaba la vista y todo lo que conseguía era otro dibujo de su cuerpo desnudo sobre una cama deshecha.
¿pero cómo? lo intenté decenas de veces y siempre acababa de igual manera. ojalá hubiera sabido la forma de acabar con aquella pesadilla recurrente... prometo que quise hacerlo, que quise terminar con todo. pero no pude. así que después de un rato, pagué y me fui de aquel sitio. caminé durante mucho tiempo sin rumbo fijo, sin pensar, sin mirar a nada ni a nadie, sólo sintiendo el frío en mi cuerpo, sólo intentando ser anestesiado por la magia de esta ciudad que no perdona ni aburre.
y bueno, al final... ya sabes... mis pies volvieron a jugarme una mala pasada y sin poder remediarlo acabé detrás de una de aquellas ventanas de reflejos rojos y cortinas de terciopelo. sí, y de nuevo junto a ella. de nuevo en aquel barrio de aguas tempestuosas y pantorrillas descubiertas. otra vez allí. la carne es débil... y, por lo visto, yo soy sólo carne.