9.5.08

el comisario

el comisario de policía hablaba por el megáfono desde dentro del coche mientras el becario de turno conducía como un suicida sentado a su lado. una misión sin antecedentes conocidos los había pillado in fraganti mientras iban a comprar un par de cajas de donuts a la mejor pastelería del condado. las luces iluminaban de azul y rojo toda la ciudad. según las noticias que llegaban por la radio había más de quince patrullas (de hecho, dieciséis) corriendo de un lado para otro, avenidas arriba y abajo, callejuelas de norte a sur, bulevares de izquierda a derecha... pero nada. que no había manera.

-comisario, ¿por dónde han ido?
-no lo sé, hijo. pero corra, corra, que los perdemos -dijo aquel hombre gordo mientras con una mano sostenía el puro habano que alguien le había regalado y con la otra el micrófono- señores, apártense, por favor, que la policía está trabajando por su seguridad. caballero, por favor, un poco de colaboración...
-pero, ¿dónde están? que no los veo.
-usted corra, hijo, corra. a ver señoras, ¿pueden ustedes quitarse de ahí?
-¡es que hay mucha gente!

mientras, el coche, que se zarandeaba de una parte a otra de la calle peatonal, no dejaba de derribar puestos de fruta apostados a las puertas de las tiendas y pequeñas florecillas en macetas, que adornaban el tranquilo paseo de abuelos y abuelas que salían a tomar el sol de la mañana.

-yo es que no entiendo nada, no sé para qué me metí a policía si no sé conducir... y encima me dan miedo los malos.
-venga ya, que no es hora de lamentos y vaya un poco más rápido que se nos escapan -espetó el comisario que empezaba a sonrojarse de ira.
-¡pero si no sé donde están ni a quién seguimos!
-bueno, no importa, usted siga por aquí y ya los verá... acaban de informar por radio de que van hacia el puerto. ¡señores por favor!, que estamos en una misión de alto riesgo, ¿quieren apartarse del camino de las fuerzas del orden?
-perdone comisario... no es por incordiar... pero en esta ciudad no hay puerto...

justo entonces la radio volvió a hablar. los dos callaron mientras las sirenas rugían por aquella interminable calle de viandantes y tiendas de barrio.

-ostras, me he dejado la radio encendida mientras veíamos la peli. ¡joder! a todas las unidades, a todas las unidades. ha sido una falsa alarma, no se preocupen.
-¿cómo? -gritó el comisario con la cabeza tan roja como un tomate al agente cinéfilo.
-¡glups! perdone señor, es que ha habido un error técnico en la centralita, lo siento ¿eh? por cierto, ¿tiene ya sus donuts?

7.5.08

el desván

oscuridad. no espera, tres pequeños rayos de luz atravesaban aquel desván en paralelo por tres pequeñas ventanitas en el techo tumbado. me acerqué a la primera de ellas y con un poco de cuidado miré a través del agujerito. el gran sauce junto a la casa despuntaba sobre el tejado en un balanceo continuo, como mecido por la brisa del atardecer veraniego.

se estaba bien allí. el olor a humedad del invierno se había convertido en algo menos insoportable con la llegada de los sofocantes calores estivales. aunque hacía tiempo que nadie abría aquel baúl de los recuerdos para airearlo y quitarle el polvo a aquella atmósfera que se pegaba en la piel. fui hasta la gran ventana redonda del fondo, la abrí y todo se llenó de la dulce luz de una tarde roja.

ni siquiera sabía por qué había subido hasta allí después de tantos meses. y no recuerdo qué es lo que me llevó hasta aquella caja de cartón azul que había encima de la estantería más olvidada de la casa. pero como si no tuviera otra cosa que hacer, o mejor dicho, como si no hubiera otra cosa en el mundo, busqué algo que me sirviera de escalera y en un momento tuve ante mí un tesoro abandonado a su suerte desde hacía años. décadas, diría yo.

nadie me había enseñado nunca lo que contenía. nadie me había dicho jamás que mi abuelo había sido pianista en el bar más castizo de madrid, en ese al que las efemérides más deslumbrantes de la época no podían faltar en sus visitas a la capital. nadie me había contado su romántica historia de amor con una señorita de alta alcurnia y gusto exquisito que jamás pudo terminar en buen puerto... eran otros tiempos. y ¿sabes? tampoco nadie me dijo nunca que de vez en cuando ponía la música a las películas de sarita montiel o carmen sevilla.

en fin. fotografías, notas, periódicos en los que salía algún artículo hablando de su impecable estilo... y un diario, casi unas memorias. casi un libro de cuentos. el que él no pudo contar a sus nietos, el que yo contaré a los míos.

5.5.08

sólo esta noche

11 de la noche en un bar de carretera no muy lejos de donde tú vives. la ciudad se ve en el horizonte, las luces destellean más allá del puente pero nadie le espera allí. nadie le echará de menos hoy. está sentado al volante de su coche sin saber cuándo bajar ni por qué ha conducido hasta allí. lo piensa una y otra vez. "una copa no me sentará mal", se dice. baja de aquel cuatro latas y vuelve a pensarlo antes de entrar en el bar.

está oscuro, unas cuantas luces rosas y azules, como de neón, iluminan el lugar. algunas chicas están sentadas en la barra esperando a alguien a quien encandilar entre tanta bruma espesa de humo y soledad. no hay más que un par de borrachos y un tipo demasiado estirado como para estar allí. se acerca al camarero, le pide una copa, "ponme algo fuerte, anda" y va a sentarse a una mesa abandonada.

pasa un rato sin entender qué hace allí después de tanto tiempo y entonces ve a una princesa sin vestido ni tocado, sin joyas ni distinción, sólo una mirada tan tierna como la de una niña pequeña y un par te prendas que insinúan cada secreto rincón de su cuerpo. ella le mira fijamente y se acerca. se sienta frente a él, roza sus manos aferradas al vaso y le habla.

- ¿qué hace un tipo cómo tú en un antro como éste? -le pregunta.
- puede que viniera a verte.
- creía que nunca volverías.
- lo intenté, pero no pude. creo que me he enamorado de ti.

ella le mira con desconcierto.

- entonces vete. no vas a sacarme de aquí, no voy a irme contigo si es lo que quieres. estas cosas nunca acaban bien.
- lo sé. por eso sólo quiero que seas mía, aunque sea por una hora. aunque sólo mientas si me dices que me quieres. sólo quiero soñar que estás cerca de mí. sólo hoy, sólo esta noche. luego me iré.

28.4.08

...y cien

hoy me he escapado de clase y he vuelto a madrid a hacer algunos encargos. he bajado del tren en atocha y he visto un montón de palabras pegadas en una pared. eran los últimos retazos del día del libro. he subido a la superficie y la ciudad me acogía como siempre, algo distante al principio, mucho más cálida después. subí la calle atocha andando y me adentré en el barrio de las letras, paseé por sus callejones como ya hicimos hace algunos días y anduve hasta sol, el final de mi trayecto de ida.

madrid siempre me sorprende. quizá no sepa decir a qué huele la ciudad, y tampoco a qué sabe, pero deja en mí una sensación de otro siglo, como si adentrarse por sus callejuelas siempre significara viajar en el tiempo y verlo todo en sepia, como si en cualquier momento fuera a salir de una de esas casas aseguradas de incendios un hombre menudo de pelo largo, gafas redondas y traje ancho camino del café donde oír las últimas noticias y discutir sobre política republicana.

de vuelta he ido a la plaza mayor, preciosa como siempre, y desde allí a la cava baja con sus restaurantes resacosos de otra noche de tapas y ruido, la puerta de toledo (nueva para mí) y, a lo lejos, atocha de nuevo. un camino mucho más largo del que yo pretendía. sí, me he perdido un poco. sin embargo no me arrepiento. ¿sabes? hace tiempo que me pregunto cuál es el fin de este blog. y desde hace tiempo siempre me respondo saliendo a la calle e imaginando historias que jamás han pasado por mi cabeza. pequeños detalles, pequeñas vivencias que a veces recojo en este cuaderno azul.

esta es mi entrada número 100. por eso te agradezco que sigas viniendo aquí después de estos meses. gracias por tu tiempo, por tu forma distinta de mirar las cosas, por halagarme con tus comentarios, por hablarme de ti y hacerme saber que no estoy solo y que la vida es algo más que aquello que vemos. gracias por preocuparte por los demás y recordarme que en cada lugar hay una pequeña historia digna de ser contada, que cada mirada esconde un testimonio que quiere ser narrado.

gracias por venir a visitarme. antes de irte sólo voy a pedirte una cosa: vuelve y háblame. sin ti no sería lo mismo.

24.4.08

buen día

bajaba las escaleras de su duplex sin saber cómo. deslizaba sus pies casi sin tocar el suelo, saltando de escalón en escalón, agarrando la baranda casi sin hacerlo y mientras, no podía dejar de cantar. cada mañana era igual. cada mañana despertaba eufórica, sin miedos, sin tristezas. cada mañana se decía: "hoy será un buen día".

y se preparaba el desayuno mientras escuchaba un poco de música en su emisora favorita. siempre se vestía mientras las señales horarias pitaban en la radio y justo a las ocho y veinte corría hacia la puerta más contenta que unas pascuas. cada mañana se entusiasmaba con un nuevo día de sol o de lluvia, con la sensación de que 24 horas iban a ser pocas. salía de casa y casi siempre bajaba los tres pisos por las amplias escaleras de su edificio recién reformado.

saludaba al portero, tan simpática como siempre y daba las gracias por un nuevo día en la ciudad. ¿a quién? no lo sé, quizá a la providencia divina, a los astros que se habían conjurado para hacer un mundo tan fantástico como el que tenemos... quizá a sus padres por haberla hecho tan feliz. y caminaba a paso ligero hacia la estación de metro.

pero siempre andaba más despacio a medida que se alejaba de casa. parecía como si el monótono pitido de los coches en el pesado tráfico de la mañana mermaran un poco sus fuerzas. aunque ella siempre pensaba que no pasaba nada, que aún el día era largo y prometedor. y siempre volvía a alegrarse al entrar en la boca de metro. y siempre volvía a pensar que la vida era un poco más triste entre la muchedumbre que abarrotaba el vagón. caras, sólo caras. sin vivencias, sin recuerdos. ella no era nadie para los demás, y los demás apenas eran alguien para ella.

media hora más tarde salía del vagón esperando ver de nuevo la dulce luz del sol. y casi siempre, cuando emergía del subsuelo de la ciudad, el cielo ya no era azul y sí un poco más gris. pero ella pensaba que aún había día, que había que hacer muchas cosas, que 24 horas iban a ser pocas. y sin embargo, la larga jornada de trabajo volvía de hacerla descender a algún lugar cercano a la desesperanza. los compañeros no hablaban, las comidas se hacían aburridas y las horas eternas.

de vuelta a casa ella no podía más. las caras del metro ya no eran caras, sino borrones sin nombre ni alma. el camino hasta casa se volvía incierto y desangelado, el tráfico apenas la molestaba si no fuera porque se sentía perdida entre tanto metal, entre tanto chirrido infernal y el dolor de estar allí. saludaba al portero sin ganas, subía las escaleras en el ascensor y se tumbaba en el sofá sin apetito.

mientras iba a la cama se decía: "mañana será un buen día". quizá sí lo fuera.
 
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