7.4.08

la plaza

en aquella época yo pasaba mucho tiempo allí. eran los tiempos en que trabajaba subido a una pequeña tarima. por aquel entonces pintaba de blanco mi cara, de negro mis ojos y ponía una gran pelota roja alrededor de mi nariz. casi siempre vestía con una camiseta a rayas azul marino, unos tirantes de colorines y unos pantalones bombachos que me quedaban enormes. en los pies unos grandes zapatones que sobresalían casi un palmo de la peana y en la cabeza un bonito gorro francés que una amiga me trajo de un viaje a la costa azul.

trabajaba de mimo en una plaza céntrica de la ciudad. y para cuando aquel hombre apareció con un ramo de flores yo ya había desarrollado tal capacidad de abstraerme ante lo que me rodeaba que a veces me sorprendía a mí mismo. sin embargo, lo que durante aquellos meses presencié justo delante de mis quietas manos y mi impasible mirada, jamás podré olvidarlo.

un día de primavera un hombre, como otro cualquiera, cuarentón, en buena forma pero de ojos tristes se sentó en un banco frente a mí. nada en él era especial. pasó allí toda la tarde impaciente, contando y recontando los pétalos de las flores que llevaba y que nadie recibió. al anochecer, aquel hombre, cansado ya de esperar, se levantó y caminó despacio hasta desaparecer de mi vista.

pero a la tarde siguiente volvió. con su mismo ramo de flores, algo más marchito, un poco más feo, el hombre más arrugado. y esperó y esperó y nadie vino a verle. nadie le dio dos besos. nadie se disculpó. así que se fue. y al día siguiente volvió al mismo banco. con un nuevo ramo de flores, más bonito, él más contento, más sonriente. pero la noche volvió a convertirse en la antipática de otras veces y él terminó yéndose a casa, o quién sabe, a emborracharse a cualquier bar.

y todas las tardes el hombre se sentaba allí, solo, desamparado, cada día más triste, a veces más contento, a veces más perdido. sin saber ya qué hacer. y pasaron los meses y el verano empezó a golpear fuerte y yo me cansé de sudar cada tarde en aquel lugar sin sombra y cambié de plaza, cambié de ciudad y de país. nunca volví a saber nada de él. ojalá ella viniera a verle. ojalá él dejara de esperarla algún día.

5 comentarios:

Eclipse dijo...

Ojalá... mis tardes se van poblando de ojalases tan frágiles que este viento de otoño puede derribarlos en cuañquier momento. por eso se necesitan hombres como tú, capaces de inmortalizar un pedacito de historia y hacer, aunque sea por un momento, esos ojalases un poco más posibles.
saludos amigo!

Adry dijo...

Que historia tan triste :(

¿y vos más contento?

a veces el problema no es la plaza, sino uno mismo...

Abrazo pa ti!

Anónimo dijo...

Muy bonito y muy triste.

Dicen que el que espera desespera.Ojalá tu protagonista dejase de desesperarse con la llegada del verano y su enamorada,esa a la que esparaba,o cualquier otra,le hiciera sonreir.

Muchos besos.

Mandarina azul dijo...

Qué bello y qué triste, Yo mismo... No sé qué es más, si bello o triste...

Un beso.

:)

Rodolfo Serrano dijo...

Melancolica y bella historia.

 
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